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amontonadero

montón, pila, acumulación, aglomeración, apelotonamiento, hacinamiento

Escombros

A veces paso demasiado tiempo pensando en la posibilidad de haber vivido antes, en otra vida.

A veces me encuentro imaginándome en otras vidas. Vidas que ya pasaron, o tal vez, están pasando en paralelo al aquí y ahora.

A veces me pregunto si habrá más vidas después de esta.

 

No sé, puede ser una posibilidad. Un supuesto. Me gusta perderme pensando en todo eso.

 

 

A veces me pregunto si existe la posibilidad de haber muerto de manera tan traumática, que ahora, en esta vida, a veces me descubro pensando en esa posibilidad. Es un pensamiento recurrente que viene una o dos veces al día.

Pienso mucho en escombros.

Pienso mucho en el hecho de quedar bajo escombros algún día.

 

Se me acaba de ocurrir que tal vez, pienso tanto en ellos que así fue como terminó mi anterior vida.

 

 

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Loop

Últimamente tengo la sensación de que estoy parada en un pasillo de un supermercado, simplemente viendo la mercancía.

Me siento desbordada porque hay muchas cosas que comprar y ver, y hay poco tiempo y dinero.

Si soy más específica, estoy parada frente al refrigerador de las gelatinas.

Siendo más específica y un poco odiosa por mi obsesión de acomodar sucesos de mi vida pasada en mi vida presente, estoy parada frente al refrigerador de las gelatinas de la tienda de la UAM de Coapa en 1996.

Me siento desbordada porque quiero probar todas las gelatinas. Pero no me las van a comprar.

Hay unas en específico. Vienen en un traste grande y constan de 3 capas de distintos sabores. A las verdes con blanco y amarillo no puedo dejar de verlas. Pero un poco más allá hay unos recipientes de plástico color café y amarillo, que supongo son natillas, que también me están gritando para que los voltee a ver.

Me empiezo a poner ansiosa.

De pronto ya no hay nadie. Se cansaron de esperar a que decidiera cuál gelatina tomar. Y se fueron, como táctica para espantarme y así tomar la primer cosa que tuviera enfrente (o que pudiera alcanzar) y empezar a correr buscándolos.

La situación me sobrepasa. Ya no hay nadie esperándome a que tome una gelatina, ya no hay nadie a mi alrededor. Estoy sola. Sola con las gelatinas.

Suena una melodía repetitiva en el ambiente. Siento que ya la escuché pero no se dónde o cuándo.  La estructura del supermercado hace que no sepa de dónde venga. Se que proviene de unas bocinas pero no las alcanzo a ver. La melodía solo está ahí flotando y me está recordando que el tiempo sigue pasando, aunque sea repetitiva y al mismo tiempo pareciera que no ha avanzado del todo.

Entonces, estoy parada frente a las gelatinas escuchando una melodía atemporal y repetitiva en la tienda de la UAM en 1996. El problema es que estoy en 1996 pero no tengo 7 años, tengo 27, y me sigue aterrando el hecho de que ya me dejaron porque no me apuré a elegir una gelatina.

Y además, ¿a dónde se fue toda la gente que se supone debería estar en el supermercado comprando sus productos favoritos?

¿Por qué estoy sola?

¿Y por qué no me puedo decidir por una gelatina?

¿Por qué no agarro la verde con blanco y amarillo y me doy la vuelta y me largo de ahí? O las natillas. O todas las gelatinas y natillas que quepan en mis manos. No hay nadie, podría tomar todo lo que quisiera e irme y no habría nadie que me lo impidiera.

Pero no puedo.

La melodía atemporal y omnipresente sigue sonando.

¿Por qué estoy en 1996 en la tienda de la UAM de Coapa y no en 2016 en la Comercial de la Selva de Cuernavaca?

Me empiezo a preguntar si la tienda presiente siquiera que en 6 años más la van a cerrar. Pero qué tonta, nadie sabe qué va a pasar en 6 años. ¿Las gelatinas estarán conscientes de que si alguien no las compra se van a pudrir en el refrigerador del supermercado? ¿Las gelatinas se pudren?

Me sigo preguntando, por qué de todos los años que he vivido, estoy ahora mismo en 1996 en la tienda de la UAM. Y sin gelatina y sin natilla. Y sin nadie a mi alrededor.

Volteo y todo está como en pausa. Excepto la melodía que sigue sonando. Me enfoco en lo que está frente a mi y todo vuelve a empezar:

Estoy parada frente a las gelatinas escuchando una melodía atemporal en la tienda de la UAM en 1996…

 

 

Agonía

Entre mis palabras favoritas se encuentran: cosmonauta (llevándose el primer lugar), implosión, nebulosa, pradera, crujiente, papalote, apapachar y abismo. Del otro lado hay palabras que me causan repulsión, como huevecillos o panal. Pero hay una palabra en específico que me causa terror: cáncer.

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Últimamente no dejo de pensar en la muerte. La muerte en sí no es lo que me da miedo, si no la agonía. Saber que tienes los días contados o irte muriendo de a poco, en una agonía lenta y desesperante es lo que me causa conflicto, me causa miedo, me dan ganas de llorar.

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Cuando algo te da miedo, lo quieres lejos. Ni por equivocación te gustaría tenerlo cerca. Me dan miedo los insectos grandes voladores. Si me topo con uno tal vez grite o tal vez no, pero inmediatamente me alejo y mi vida sigue como si nada. Basta cerrar la ventana o cambiarme de cuarto, o caminar unas dos cuadras.

Es muy fácil y risible explicar el miedo en base a los insectos voladores. Pero todo se complica cuando aquello a lo que más miedo le tienes te anda rondando.

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La primera vez que supe qué era el cáncer fue en la primaria. Iba en tercero. Una niña de sexto o primero de secundaria (en ese rango, exactamente no recuerdo en qué año iba) tenía cáncer. Al ir en una escuela católica (religión que no practico actualmente) nunca estaba de más tener a Eugie en nuestras oraciones. Toda la escuela sabía quién era ella. Todas las buenas vibras iban hacia ella. La recuerdo delgada, con ojeras, con gorra o turbante en la cabeza, pero siempre sonriente. Nunca le hablé, pero cuando había misa me reconfortaba verla pasar al frente y leer algún salmo o algo parecido. Yo sabía que ella estaba enferma, sabía lo que era el cáncer porque alguna vez nos lo explicaron o le pregunté a mi madre, pero nunca fui consciente de la agonía que se llega a experimentar. Yo sabía que Eugie tenía cáncer, pero nunca se me pasó por la cabeza lo que podría estar sufriendo. Yo sabía que Eugie se estaba muriendo, pero no fui consciente de ese hecho.

Un día convocaron a misa a toda la escuela. Pidieron por el descanso de Eugie y por su familia. Ahí fue cuando me hice consciente. Eugie había muerto. Nunca más iba a volver a la escuela y nunca más el hecho me iba a dejar de dar vueltas en la cabeza.

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En segundo se secundaria la profesora que era la orientadora de mi curso murió de repente. Cáncer en el pulmón. Ahí me hice consciente de que el cáncer puede llegar de pronto y rápidamente acabar con la vida de alguien. A diferencia de Eugie que lidió años con la enfermedad, Mariana murió en cuestión de meses.

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A partir de ahí se volvió en un tema recurrente. “¿Supiste que tal persona tiene cáncer?”, “Aquella celebridad murió de cáncer”, “El amigo de la vecina tiene cáncer”, “Mi amigo murió de cáncer”, “Le diagnosticaron cáncer”, y la cantaleta no tiene fin.

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Me aterra pensar siquiera en la palabra. Mentalmente digo “cáncer” y me pongo a temblar. No puedo lidiar con ese miedo.

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De pronto, personas más cercanas empezaron a tener cáncer. No se detiene y no tiene piedad.

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Tíos con cáncer. Tíos luchando contra el cáncer. La agonía de nuevo.

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Mi gatito murió por culpa de un tumor canceroso. En tres días el cáncer lo consumió. Ha sido una de las peores experiencias de mi vida, ver cómo se consumía y la rapidez con la que se fue. Sigo pensando en la ineptitud de los veterinarios que lo atendieron, sigo pensando en cuánto sufrió, sigo pensando en lo débil e indefenso que se veía, sigo pensando en porqué no me dieron la opción de dormirlo y así se hubiera ahorrado todo el sufrimiento que vivió. Sigo pensando que yo fui la culpable, por no haberlo llevado a más veterinarios, por no haberme “dado cuenta antes”, por haber permitido tanto sufrimiento. Sigo pensando en mi gatito. Sigo poniéndome como la principal culpable de este hecho, pero no es más que una forma de evadir al verdadero culpable: cáncer.

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Dos semanas después de la muerte de mi gatito muere un amigo muy querido de mi familia. Cáncer en el pulmón. Él nunca fumó un cigarro en su vida. ¿Cómo fue eso posible?

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Esta semana me entero que un compañero del trabajo tiene cáncer. Todos pensaban, incluido él, que era una simple gastritis. Otro estudio más: cáncer en el estómago. No hay marcha atrás. Está desahuciado. Todo pasó tan rápido. No dejo de pensar en la agonía que está viviendo. No dejo de pensar en él y los pocos “buenas tardes” que intercambiamos. No dejo de pensar en la agonía que ha de estar viviendo en el tiempo que le queda de vida.

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No puedo dejar de pensar en todo esto. Me da miedo. Lloro. ¿Será que la única forma de apreciar la vida es vivir una agonía?

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Maldito cáncer.

Música

Si buscamos definiciones sobre la palabra “música” en Internet, se nos arroja la siguiente información: que es un producto meramente humano, que es el arte de combinar los sonidos, que es un producto estético y es agradable al oído, que es “el arte de las musas” y muchas definiciones más que solamente son paráfrasis de todo lo anterior.

Nada que ver con la práctica ¿cierto?

Podría en esta entrada ponerme a escribir sobre lo bien que se siente escuchar tu canción favorita, o el éxtasis que te produce ir al concierto de la banda que más te gusta, o la emoción con la que bailas aquellas canciones que aseguras que no te gustan pero secretamente te sabes la letra y por ser una fiesta te olvidas de tus propios prejuicios, o de los sentimientos y vivencias que sientes resurgir desde lo más profundo de tu interior cuando escuchas canciones que solías escuchar hace unos años atrás y por cosas de la vida dejaste de escucharlas, o del repudio que te causan ciertas canciones y apenas las escuchas cambias de estación de radio, buscas otro video en youtube o te alejas de la fuente de donde provienen, de como por inercia te sabes la melodía o la letra de las canciones de algunos comerciales y a veces te descubres tarareándolas, o del propio desconocimiento del hecho de que cierta melodía venga a tu cabeza de vez en cuando y aún a estas alturas te preguntes dónde fue que la escuchaste o por qué la estás recordando ahora si ya tiene años que no la escuchabas, o aquella canción que te gustaba tanto pero que al final la terminaste odiando por dedicársela a la persona incorrecta, o emocionarte tanto, al borde de las lágrimas, cuando escuchas una melodía que te sacude desde la planta del pie hasta la punta de tus cabellos…

La lista podría seguir y seguir. Pero escribiré solamente sobre 5 conceptos, ideas, pensamientos, o como quieran nombrarles, que de un tiempo acá han rondado mi cabeza sobre eso, la música.

Dentro de ti

Leí hace poco, en un artículo de esos que llegan a ti y se van de la misma manera en la que llegaron (muy fugazmente), que el primer contacto del ser humano con la música es en el vientre de su madre. El feto escucha los latidos del corazón de su madre y ahí está: los latidos tienen un ritmo. Y ya, uno de los conceptos más primarios de la música lo sientes desde que eres un conjunto de células en formación.

Lo que me hace pensar que dentro de nosotros hay todo un conjunto de órganos que generan sus propios ritmos dentro de la absoluta oscuridad que hay en nuestro interior.

Memoria

Según unos estudios, la mejor forma de tratar a los pacientes con Alzheimer es ponerlos a escuchar sus canciones favoritas de toda la vida. Comienzan a recordar episodios ligados con esas canciones, que de otra forma no serían capaces de hacerlo. El estudio es muy exacto al decir que el Alzheimer ataca ciertas partes del cerebro y al parecer no ataca la región a donde va a parar la música. Por eso los pacientes pueden ir de a poco recuperando memorias que ya se daban por perdidas.

Esa sería la explicación científica, pero prefiero creer que la música tiene ciertos poderes que nuestro entendimiento aún no es capaz de descifrar.

Sordomudos

Los padres de la ex esposa de un tío eran sordomudos. Los dos. Siempre tuve curiosidad sobre cómo fue que criaron a sus… 4 o 5 hijos. Pero eso no viene al caso. Una vez me contó mi tío que cuando había fiesta en la casa de los ex suegros, al señor se le podía ver muy contento. Él, lleno de curiosidad le preguntó (aprendió a comunicarse con el lenguaje de señas solo para hablar con sus suegros) que cómo era posible que sonriera o se pusiera a bailar si no escuchaba la música, que si lo hacía solo porque los demás bailaban o ¿cómo?, a lo que el señor le respondió que bastaba con que se parara junto a la bocina y pusiera su mano sobre ella: podía sentir las vibraciones que generaba la música.

Una manera alternativa de sentir la música. Siempre me va a fascinar esa historia.

Juan Gabriel

En una ocasión, mientras esperaba consulta, tomé una revista y me puse a hojearla. Hablaba sobre las personalidades más influyentes de los 70’s. Entre los primeros puestos se encontraba Juan Gabriel y una frase se me quedó grabada: “las canciones de Juan Gabriel se podían escuchar en la más pobre vecindad de Tepito hasta en la más elegante fiesta de Las Lomas”.

Una prueba del poder que tiene la música (o el Noa Noa).

Universo

El sonido no se propaga en el vacío del universo. Aún así, los planetas, las estrellas y todos los cuerpos que ahí están suspendidos son capaces de generarlo.

Y entonces volvemos al principio. Hay ruidos, hay sonidos, hay cierto ritmo. En lo más oscuro del vacío. Como en lo más oscuro de nosotros mismos.

¿Es la música un invento meramente humano o forma parte de algo enorme que aún no podemos comprender pero que la humanidad logró captar y moldearlo a su manera?

 

 

 

 

Comida china

Hay quienes afirman que la comida “confort” existe y es la que te hace sentir mejor cuando la estás pasando mal. Hay otros que afirman que la comida confort existe pero no le hace nada a tu estado de ánimo. Como todo al día de hoy. Hay estudios que afirman cierta cuestión y hay otros estudios que niegan esa cuestión. Total, al final todo se resume en perspectivas.

Como esta entrada.

Retomando la primera idea expuesta, mi comida confort de cajón es la comida china. La primera de todas. La comida china está antes que las enchiladas, incluso antes que cualquier fruta desbordada en limón y chile. Y eso ya dice mucho.

Pero hace años que no como una buena comida china.

Parte de la esencia de la comida confort es la nostalgia. Son los sentimientos a los que te remiten cuando la estás comiendo. Es ese “más allá” de la mera sustancia. Por eso nos gusta comerla más que otras comidas y por eso tiene un lugar especial en nuestro corazón (y estómago).

Cuando era niña había un restaurante de comida china muy cerca de donde vivía. Bastaba con salir del bloque de edificios y seguir caminando por la avenida hasta llegar a él. Sería cosa de unos 200 metros a lo mucho. Para mi siempre fue un lugar mágico. El restaurante era atendido por un matrimonio chino que a duras penas hablaba español pero se daban a entender. Constaba de un mostrador donde tenían en exhibición desde tés hasta ropa de seda, pasando por dulces que nunca sabré de qué eran y algunas figuritas populares en China. El área del mostrador estaba separada del área de los comensales por un biombo enorme pintado con detalles de las montañas chinas y muchas aves; creo que eran garzas. El señor siempre estaba leyendo un periódico en chino (siempre me dio curiosidad saber dónde lo compraba o si se lo enviaban, ubiquémonos en la mitad de los 90’s, las cosas no eran tan inmediatas como ahora) y la señora siempre te recibía con una sonrisa. Al principio ellos hacían la comida, por lo que era “comida china real” y conforme iba ganando popularidad el restaurante contrataron cocineros (instruidos por el señor) y meseros. Seguía siendo comida china auténtica.

Durante los 7 años que viví ahí comí infinidad de veces en ese lugar. A veces cuando salía de la primaria (que estaba a tan solo unas calles) mi mamá me daba 20 pesos e iba al restaurante a comprar una orden de arroz. Los señores ya me conocían y apenas me veían me decían con su acento chino “arroz frito, si?”. Me daban un bote grande lleno de arroz y yo me iba feliz a mi casa.

Incluso cuando nos mudamos, de vez en cuando regresábamos a comer ahí aunque eso significara desplazarse por media ciudad.

Quedó muy dentro de mi esa comida china. El sabor y la dedicación con la que la preparaban. El arroz frito, el chop suey, el pollo almendrado, los rollos primavera, las costillas agridulces, el pulpo en el platillo que nunca supe cómo se llamaba e incluso los platillos que nunca probé pero que veía que servían en las mesas vecinas los recuerdo con una nostalgia que me sorprende experimentarla.

¿Qué pasó después?

El progreso, la inmediatez, llámenlo como quieran. Sumando el hecho de que me cambié de ciudad.

Hoy día abundan casi en cada esquina locales de comida china rápida como si de hamburguesas se trataran. La mayoría son atendidos por chinos mal encarados o por compatriotas que poco o nada les importa la necesidad de una buena comida en estos tiempos de satisfacción inmediata. Y por cierto, la comida de esos lugares es horrible. Muy pocos se salvan pero sus comidas no les llegan ni a los talones a la que preparaba el matrimonio chino allá en el pasado, hace 20 años.

La nostalgia me llama constantemente. He probado comida china aquí y allá pero no encuentro ninguna igual. Tal vez siga buscando por el resto de mi vida o tal vez mañana encuentre un restaurante que me transporte a las sensaciones del pasado. Quién sabe. Pero las esperanzas las tengo.

Me encantaría que esta historia tuviera un final feliz, pero desgraciadamente no es así.

Hace unos meses, atendiendo el llamado del pasado nostálgico, me di una vuelta por los rumbos de mi infancia. A veces las cosas no cambian nada y secretamente tenía la esperanza de ver el restaurante chino tal cual lo vi por última vez, hace cosa de 10 años. Pero no fue así. El restaurante ahí sigue, sí. Pero ya es un restaurante más de comida china rápida. De esos que sus anuncios rezan “buffet de comida china por $60”. Dejó de ser un local con decoración china para ser una especie de McDonald’s con una gran barra con comida en medio. Nunca antes me había ido de un lugar tan triste y decepcionada.

Solo espero que el matrimonio, sea a donde sea que se hayan ido, sigan siendo tan felices como antes, que el señor siga leyendo periódicos en chino, que la señora siga siendo risueña y que sigan cocinando esa comida que solo ellos saben hacer.

 

Quizás…

Deberíamos hablar más sobre el universo y perdernos durante horas en el vacío.

Dolor

De un tiempo para acá he estado pensando en el dolor. No en el anímico, sino en el físico.

Lo que me causa terror es el dolor que no he experimentado. Ajena no soy a los dolores de cabeza, a los cólicos, a una cortada, raspadura, caída o a una torcedura. Soy totalmente ignorante al dolor de romperse un hueso, por ejemplo. Al dolor que produce una enfermedad que te está comiendo en vida. Al dolor que proviene de una herida muy profunda. A un golpe que te tumbe los dientes. A una bala. A una navaja. A la consecuencia de terminar sin algún miembro, desde un dedo hasta una pierna entera. Al parto. A la agonía.

No confío en el umbral de dolor

Algo tan efímero y etéreo o tan absoluto y cotidiano que me hace dudar hasta de cada paso que doy. No tengo registro de algo tan chocante como lo anteriormente descrito, así que es algo que no he puesto en práctica. Si me encuentro en una situación de riesgo ¿hasta dónde aguantaría?

Tengo una especie de consuelo personal. He sabido de casos en donde el dolor es tan fuerte que sobrepasa a la persona y se desmaya, para volver en si después, cuando ya pasó lo peor.

¿Será ese mi caso?

Una madrugada desperté de la peor forma posible. Estaba soñando que iba de excursión con un montón de gente que no conozco. Estábamos en una pradera, llena de ruinas. El recorrido consistía en subir a una parte de las ruinas y bajar por el otro lado. En algún momento las ruinas solo eran una estrecha columna horizontal por la cual teníamos que caminar para poder llegar al final. El guía nos lo había advertido: cualquier paso en falso y caeríamos. Era bastante altura. Todos iban en fila deseando terminar el recorrido lo más pronto posible, cuando simplemente pasó. Caí. Los demás gritaban mientras el piso estaba cada vez más cerca. Escuché un sonido muy fuerte; algo se había roto, “mis piernas” pensé y desperté de inmediato. Eran las 4am. No me pude volver a dormir.


Causas y consecuencias 

Mi inquietud se intensifica cuando la causa del dolor no es natural o por tu propia culpa. Cuando la causa de tu dolor es culpa de otra persona o de un evento natural.

Aquí es cuando todo me sobrepasa.

¿Qué haces? ¿Cómo lo enfrentas? ¿Y si lo enfrentas y no puedes?

Mueres. Vives.

Es algo que me cuesta comprender.

Darle fin a todo o vivir con el dolor constante.

Muchas horas me he pasado leyendo testimonios de sobrevivientes que fueron atacados o vivieron un desastre natural. Toda mi admiración para los que vivieron situaciones catastróficas y se aferraron a la vida a pesar de todo el dolor que eso conllevaba.

Me cuesta sacarme de la cabeza la historia de la señora que quedó sepultada bajo toneladas de escombros durante varios días y al final vivió. Le tuvieron que amputar un brazo para sacarla, pero vivió.

Y como esa, miles de historias más.

A veces creo que en esas situaciones el dolor es un motivante para seguir viviendo.


Privilegios

Se podría decir que soy una especie de persona privilegiada al solamente experimentar dolores básicos. Cuando era niña en una ocasión recibí un balonazo en la cara. Me dolió la nariz por días. Olvidé mi dolor cuando me llevaron al hospital porque unos familiares habían tenido un accidente automovilístico y estuvieron semanas en terapia intensiva.

Recuperación

Una vez me caí de las escaleras. Me pegué en la cadera al aterrizar en una mesa. El moretón me duró unas cuantas semanas. Recuerdo verme al espejo con un trozo de piel morado y recuerdo tener una absurda manía de picarlo con el dedo. Era una forma de recordarme el dolor de la caída. Recordatorio que me duró días y me dejó secuelas al parecer. Al día de hoy todavía me picoteo la cadera con el dedo y si sospecho que algo me duele, hago lo mismo.

Miembro fantasma

Me obsesioné cuando supe que existe el síndrome del miembro fantasma. Le ocurre a las personas a las que les fue amputado un miembro y aún lo sienten, incluso les duele.

Es una recuperación que jamás podrán completar.

Me obsesioné más cuando conocí a una chica que perdió su mano izquierda. Mi mente a veces me recuerda ese pensamiento tan secreto y privado para mi: “¿todavía le dolerá la mano izquierda?”

Enloquecí cuando me contaron cómo fue que un primo lejano perdió el ojo derecho.

Lo reforcé cuando recordé que una vecina nos contó cómo fue que se quedó sin dedos trabajando en la maquila.


Obsesión 

Seguramente no dejaré de pensar en esto. Es algo constante, apenas hace tiempo me hice consciente de que mi cabeza ocupa mucho tiempo pensando y tratando de entender algo que no he experimentado. Ahora entiendo porque a veces me descubría viendo videos de accidentes o documentales sobre enfermedades.

El dolor es algo que nos acompaña siempre. Desde el más insignificante hasta el más insoportable.

El dolor siempre estará ahí para recordarnos que estamos vivos.

Me duele algo que no sé ni como llamarlo. Seguro tiene nombre, pero no me he tomado la molestia de buscarlo.

Quiero creer que aún hay sentimientos que me faltan descubrir y también trato de consolarme pensando que hay otros tantos que nunca voy a conocer.

Pero este algo en particular tiene rato ya dándome vueltas en la cabeza.

Me duele un sentimiento que no conozco.

Tripofobia

Borrador de hace más de un año y medio…

Descubrí, en algún momento, que padezco de tripofobia. O al menos ese diagnóstico encontré en internet.

Tripofobia (a veces llamada fobia de patrón repitente) es el miedo o repulsión causado por figuras geométricas muy juntas, especialmente hoyos pequeños y rectángulos muy pequeños.

El horror.

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